Les comenté que una vez tuve una alergia por años, desde que un compañero de colegio me lanzó unos frutos, de pelos pequeños, por la espalda, la que por tanta desesperación me obligaron a rascarme en exceso hasta provocar una lesión en mi espalda que provocó no poder transpirar por años. Una verdadera censura a lo que podría ser en ese entonces la demostración de nerviosismo o calor en una situación habitual e incluso complicar con compañeros en un camarín universitario por no mojar la camiseta. Era casi como una maldición en la que cada vez que enfrentara una circunstancia apremiante o de éxtasis, solo se manifestaría mi ansiedad mediante comerme las uñas o lanzarme al piso por los dolores de intestino que en más de alguna ocasión me llevarían a revolcarme en el suelo.
Vi que llegué lejos en ese rebrote, en ese mar interminable de mutiladas manifestaciones del cuerpo en solo dar una conexión directa hasta que decidí no caminar, solo dar vueltas en el pasto hasta que volviera a encontrar espacio manifestar el sudor como un llanto de lo físico por sobre lo mental, reflejar el límite de mi paciencia a cosas o situaciones.

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